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Sin productividad no hay paraíso

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Ferley Henao Ospina

La caída del muro de Berlín (1989) trazó una línea divisoria entre eficiencia e ineficiencia, asociada con riqueza y pobreza. A François Mitterrand, entonces presidente de Francia, un periodista le preguntó: “¿la caída del muro es el fracaso del socialismo y por lo tanto el triunfo del capitalismo?, a lo cual contestó: “no. No es ni lo uno ni lo otro. Se ha producido la victoria de una nueva corriente a nivel mundial, que se llama productividad”.

Cuánta razón tenía Mitterrand y cuán sordos hemos sido. Ahora, 34 años después, comenzamos a entender que estamos en “la era de la productividad” y que solo con ella se pueden lograr los cambios que conviertan a estas naciones en economías dinámicas y sólidas, capaces de reducir la pobreza, el desempleo y la inflación.

Durante todo este tiempo, de espaldas a la productividad, el soñado paraíso del desarrollo ha pasado a ser solo una quimera.

Es necesario tener clara la diferencia entre producción y productividad.

De acuerdo con Larousse, producción es la “acción de producir o la suma de los productos del suelo o de la industria”. En cambio, productividad es el “incremento simultáneo de la producción y del rendimiento, debido a la modernización del material y a la mejora de los métodos de trabajo”. Diferencia que parece pequeña pero es grande, inmensa y decisiva.

Larousse deja claro que la productividad no es consecuencia de un golpe de suerte, sino el resultado de modernizar los materiales que se emplean en la producción, o sea innovación y, en general, conocimiento que se traduce en mejoras de los métodos de trabajo.

Pero, ¿está en el siglo XXI el sector rural de América Latina?

En materia de conocimiento y por lo tanto de acceso a la información, gran parte del sector rural latinoamericano está más cerca del siglo XIX que del siglo XXI.

Las repercusiones de este rezago son muy graves y se expresan en indicadores como desempleo, emigración, balanza comercial deficitaria, bajo nivel de vida, inseguridad alimentaria, poco crédito e inversión para el sector, inflación y deterioro ambiental.

La innovación, que se aceleró en la segunda mitad del siglo XX, incluyendo todas las ciencias vinculadas al mundo rural, hace imperativo poner a tono al sector agropecuario con esa realidad mundial para apuntarle a la competitividad.

Por lo ambiental, con mayores rendimientos se reduce la superficie de siembra favoreciendo el ecosistema y aumentando la oferta de alimentos, Por ejemplo, para producir 100 toneladas de maíz, Chile, Estados Unidos o España las cosechan en 9 ha mientras los países andinos, en promedio requieren 27 ha huella ecológica, incidiendo también en la huella hídrica. Para una tonelada de maíz, Chile, Estados Unidos o España utilizan unos 900 m3 de agua, los países andinos requieren 2.700 m3 además del impacto ambiental por la carga de insumos para una mayor superficie.

Y sorpréndase, en papa, que es andina, mientras Estados Unidos y Bélgica rinden 49,1 y 43,1 t/ha, Bolivia solo 6,7 t/ha; Colombia 21,8 t/ha; Ecuador 12,8 t/ha; Perú 17,1 t/ha y Venezuela 19,8 t/ha.
La ineficiencia en el campo se vence con innovación, para ello son las Fincas-Escuela.

Tomado de Agronegocios

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